Siguiendo la ruta de quienes huyeron del tsunami descubrimos en el puerto las historias de los que luchan día a día por recomponer su vida a pesar de la adversidad.
7:17 horas. Sale el sol en Talcahuano. A esa hora Nieves Grandón ya lleva un buen rato dando vueltas en las habitaciones que arrendó luego de que el terremoto destruyera su casa en las faldas del cerro Cornou, limpiando, ordenando, preparando desayuno. A las ocho deja a sus hijos en casa o encargados, según su edad, y baja a la plaza. Allí tiene un puesto de venta de calcetines, ropa interior, pilas, radios chicas, linternas, el equipo básico post terremoto. Es al aire libre, ni siquiera tiene un toldo, pero mientras no se largue a llover le sirve para cubrir las necesidades de su familia de seis de la cual es el único sustento.
“La casa en la que vivíamos cinco familias se cayó”, cuenta sin dramatismo, “Ahora en el sitio caben cuatro familias y yo quedé fuera así que estoy buscando donde arrendar, ya encontré algo”.
Nieves rechazó la mediagua que le ofrecieron porque también cuida de su madre, quien lleva mucho tiempo postrada y había caído al hospital días antes del sismo. “Lleva dos meses en el hospital, me la habían dado de alta pero no tengo donde tenerla, no la puedo llevar a una mediagua, necesita algunas comodidades, hay que tener baño siquiera para ella”, comenta mientras ordena la mercadería, que ha tenido menos salida en los últimos días. “Esta semana cambiaron los centros de pago a Salinas, y se nota que viene menos gente. Queremos mandarle una carta al alcalde para que devuelva los centros de pago para acá, donde se necesita más”.
A la misma hora en el albergue del Liceo Industrial de Higueras Camila Muñoz se está levantando para ir a la escuela. Va en quinto año básico y tuvo que cambiarse a la escuela Huachipato, que queda a unas cuadras del albergue. Cuenta que esta semana entra a las 8 y ha salido muy temprano pero se queda allá hasta que dan el almuerzo. Antes iba en jornada completa, ahora ya no. “Desde la otra semana vamos a entrar a las 7, voy a tener que levantarme a las 6 y vamos a salir como a la una, ahí nos dan almuerzo y nos venimos”.
8 horas. Víctor Vidal abre su container ubicado en la plaza de Talcahuano y se prepara para servir desayuno a sus clientes. “Yo tenía una clientela en un local chiquito al lado de la farmacia Portus, se partió entero, así que empecé este lunes y ha vuelto casi toda nuestra clientela”. Claro que ha visto un cambio en las preferencias “antes vendía más sándwiches, ahora pasan más por los completos”.
La llegada del invierno es una preocupación. “Cuando empiecen las lluvias vamos a tener que aguantar nomás, no hay otra opción. En las calles aledañas mientras no demuelan no hay autorización para instalarse”.
A la misma hora en el área custodiada del centro porteño, entre la calle Aníbal Pinto y el mar la cuadrilla de la empresa Preserva liderada por el capataz Cristian Ordoñez, limpia el alcantarillado de aguas lluvia, trabajo que realizan en este sector hace dos semanas. “Hay mucho barro y toda la basura que arrastran con la retroexcavadora se va metiendo a las rejillas y a las cámaras de registro, muchas no tienen tapa, hay que limpiarlas y dejar algo sobre ellas para que no caigan personas” cuenta el capataz.
Ordoñez destaca que “si llueve no va a haber problemas porque los tubos que van hacia el mar están destapados, lo bueno es que cuando retrocedió la ola fue con fuerza y aprovechó de limpiar los tubos”.
12 horas. El golpeteo constante de los martillos llena el aire en la cancha del Liceo Industrial de Higueras donde se levantan las últimas de las 52 mediaguas destinadas a las familias de Santa Clara que han pasado este mes y medio durmiendo en un campamento de carpas ubicado al lado de la comisaría del sector.
Tras la mediagua que habita desde el día anterior Gladys Raylén aporta al martilleo clavando dos postes para improvisar un tendedero de ropa.
“La vida nos ha cambiado cualquier cantidad, de toda la comodidad que uno tenía (en Santa Clara) a vivir así ahora. Allá, en el campamento, estábamos en las carpas, pasábamos frío, nos levantábamos entumidos. Mi hijo, que tiene síndrome de down, se me enfermó, estuvo súper resfriado. Al menos acá tenemos un techo donde estamos un poquito mejor, gracias al Señor anoche dormimos bien, hasta pudimos tomar once adentro, sin viento”, relata.
Su marido, comenta, anda buscando madera. Hay que ampliar la mediagua para que quepan con cierta comodidad los cuatro integrantes de la familia ya que por lo menos van a estar allí un año.
Gladys destaca que alimentación no les ha faltado, reciben constantemente donaciones y la Junaeb les lleva el almuerzo, lo que continuará por unos días más. “Después vamos a tener que cocinar nosotros pero por lo menos ya hemos ahorrado harto”.
La electricidad la han conseguido del colegio por ahora, el agua la siguen recibiendo de camiones aljibe y hay baños químicos distribuidos entre las mediaguas. La posibilidad de ducharse es aún lejana “aunque dicen que nos van a poner (duchas), y lavaderos también” cuenta Gladys, agregando que esas necesidades, al igual que el lavado de ropa se resuelven ahora “con un poronguito”.
En un porongo (o lavatorio) Jorge Gómez lava platos fuera de la puerta de su mediagua. El también es de Santa Clara y se cambió el sábado, apenas le entregaron la mediagua, para dejar atrás la carpa donde temía que su hijita de tres años se enfermara.
“Queremos agrandar para atrás la mediagua y forrarla, estamos esperando tener un poco de plata nomás, para que esté más calentito” comenta Jorge quien trabajaba en Asmar pero quedó cesante tras el tsunami. Sin embargo no todo es tan malo. “Aquí gracias a Dios han venido a ofrecer trabajo y el viernes tengo que presentarme para trabajar en una empresa”, cuenta esperanzado.
Jorge reconoce que todos sus trámites los hace en Concepción. “No he ido a Talcahuano centro, no quiero, ya vi mucho en mi población y no quiero ver más desastres”.
Tampoco quiere volver a vivir en Santa Clara, a pesar de que su madre recuperó su casa con pocos daños y se está quedando allá. “No quiero volver para allá, quizás para dónde nos puedan mandar más adelante con el subsidio, pero a Santa Clara, no”.
12:30 horas. A escasos metros de distancia, en el albergue del liceo, donde aún viven 33 familias, la vida sigue sin cambios, en la misma rutina que se hace desde que el domingo después del terremoto varias familias se tomaran el establecimiento para refugiarse de la intemperie. La gente se levanta, recoge y amontona los colchones para limpiar la sala, toma desayuno, acarrea agua desde los contenedores o la va a buscar al camión aljibe, lava y cocina afuera de las salas y almuerza lo que les lleva la Junaeb.
Alejandra Guzmán, quien ha estado allí con su familia todo este tiempo desde que el tsunami destruyó su casa de Las Salinas, cuenta que el único cambio es que se ha perdido el fuerte espíritu de comunidad que hubo las primeras semanas. “Queda menos gente, los que tenían la casa habitable la limpiaron y se fueron para allá. Ya la gente no conversa, no es como antes cuando hacíamos fuego, se juntaba harta gente, conversábamos, se tiraba la talla, ahora no, cada uno en su metro cuadrado, eso es más deprimente, ya no hay comunicación”, lamenta.
Ahora todos esperan las viviendas de emergencia que les han prometido para 20 días más en Salinas.
13 horas. Camila Placencia parte desde el albergue hacia el colegio Cruz del Sur adonde comenzó a asistir este año porque “estaba en el F-509 pero quedó inhabilitado”, así es que ahora los estudiantes antiguos van en la mañana y los que fueron trasladados, en la tarde.
Camila reconoce que “sí dan ganas de ir al colegio. Mis compañeros me dicen que hay que tirar para adelante, me dan ánimo. Los profesores me tratan bien”.
13:45 horas. Ismael Ulloa, Víctor Bustos y José Luis Ávila toman un descanso entre los cascos de los barcos “Víctor Guillermo” y “Riveira”, que esperan su turno para ser devueltos al mar tras haber sido depositados ordenadamente por el tsunami uno al lado del otro en la calle Blanco. Los tripulantes están agradecidos porque “por lo menos el jefe nos ha tenido con trabajo, hemos estado pintando, cambiando domos, raspando. Se hizo mantención a las embarcaciones y ahora están listas para irse al mar”.
14:30 horas. Víctor Vidal cierra su puesto de colaciones en la plaza porteña. Tal como otros días sus provisiones se terminaron temprano. “Ahora hay que dejar que ganen los demás también, no hay que ser avaricioso”, comenta con una sonrisa.
15:30 horas. Pamela Ibañez termina un corte de pelo de varón y se toma un breve descanso antes de seguir con el próximo. Este primer día en que atiende al aire libre en la plaza le ha resultado provechoso, su oferta de corte a mil pesos ha atraído a muchos clientes, principalmente varones.
Ella suele trabajar en su casa de la población Simons, que fue afectada por el tsunami y destruyó sus electrodomésticos y parte de sus muebles del primer piso. Destaca que llegue gente al centro chorero. “Ahora están los bancos así es que viene la gente a hacer algunos trámites. Pero no se puede hablar de normalidad, no es normal que yo corte el pelo en la calle”.
17:30. Nieves Grandón recoge su mercadería y levanta su puesto en la plaza chorera, es hora de irse a la casa, ver a los niños, almorzar alguna cosa, limpiar, lavar, cocinar para el día siguiente e irse a dormir muy tarde para levantarse muy temprano. “Es más pesada la vida ahora”, reconoce, aunque inmediatamente agrega “pero igual hay que salir adelante. No sacamos nada con quedarnos en la casa llorando, nadie nos va a llevar la ayuda hasta allá. Hay que salir adelante como sea, moverse por aquí, por allá, tratar de resolver las cosas”.
18:30 horas. Eliana Gallegos cierra su container-cocinería. Ya está oscureciendo y la plaza se vacía rápidamente, todos quieren estar “guardados” en las horas de oscuridad.
Esta es la segunda vez que encontramos a Eliana. La conocimos a diez días del terremoto mientras rescataba lo poco que quedó de su cocinería en el segundo piso del mercado porteño. “Mi cocinería quedó paradita, con sus manteles, sus floreros, pero llegó el saqueo y me sacaron todo, por maldad” recuerda ahora. “Por eso me tuve que instalar acá porque cómo iba a pasar tanto tiempo sin trabajar” dice mientras limpia mesas y levanta sillas de su nuevo local.
Eliana reconoce que ha tenido un poco de suerte, al menos el incendio del miércoles en el mercado no afectó lo que queda de su negocio, al que pretende retornar de todos modos. “Quiero volver al mercado porque soy locataria, llevo 40 años en eso”, asegura con decisión.
19 horas. Cae la noche sobre el puerto, la caleta Tumbes está envuelta en la oscuridad, las carpas se iluminan desde dentro y se ven las siluetas de sus ocupantes preparándose para tomar once.
Estas son carpas grandes, donadas por el gobierno japonés y que sirvieron para que algunas familias bajaran del cerro alrededor de 10 días después del maremoto y se instalaran ordenadamente en una cancha a una cuadra del mar. Allí tienen agua que llega en camiones aljibe y electricidad provista por un generador que ronronea desde las 19 a las 23 horas aproximadamente, luego, la oscuridad se adueña del campamento.
En la carpa de Lina Ramírez su hijo juega con un notebook que le regalaron anónimamente a su hermano mayor para su trabajo universitario. ”Nosotros perdimos todo, bote, motor… sobrevivimos con la ayuda que nos ha llegado y un poquito de plata que teníamos que nos sirve para la locomoción más que nada” cuenta Lina quien echa de menos su casa de dos pisos en la calle principal de Tumbes donde, además del dormitorio matrimonial sus hijos tenían cada uno un dormitorio.
No quisieron la mediagua que les ofrecieron, ya están acostumbrados a la carpa y aunque saben que la vivienda de emergencia es más grande sostienen que en la tienda hace menos frío, así es que se quedarán ahí por ahora.
En una carpa cercana Corina Lisboa afirma que ella tampoco quiere mediagua. “No son buenas, no vienen forradas, las planchas de zinc ya las está doblando todas el viento y cuando la madera se seca se le salen los nudos y entra más viento”, señala basándose en las que están instaladas cerca del campamento.
De la vida en carpa cuenta que “estamos todo el día aquí porque no hay en qué trabajar, el bote se perdió, se me fue mi puesto de trabajo, la mar voló el primer piso de mi casa con todo y no han llegado los vales para reparaciones, nadie sabe cuándo van a llegar tampoco”. Ella y su marido cuentan con amigos que les regalarán materiales de construcción para reparar su casa, a la que espera volver antes del invierno.
A la misma hora en la desolada población Santa Clara, Nora Vidal y Haydeé Becerra ya están encerradas en sus respectivas casas, unas de las pocas que se mantuvieron en pie y que han vuelto a ser ocupadas. Ellas volvieron hace unos días a su barrio, tras pasar semanas limpiando sus viviendas, simplemente para no estar en albergues ni de allegadas, pero la meta es irse a vivir a otro lado. “Ojalá expropiaran acá, yo me voy porque ahora con las inundaciones (por lluvia) va a ser peor porque quedamos (en terreno) más bajo nosotros”, comenta Nora.
La vida en este territorio desolado no es nada fácil, el olor de los desechos, las moscas, zancudos y el constante recordatorio de las casas destruidas o los solares vacíos donde solían vivir familias enteras pesa sobre el ánimo. “De día estamos bien porque andamos todo el tiempo ocupadas, pero ya oscureciéndose para nosotros es difícil. Yo duermo ensillada, (con ropa de vestir) por si viene el agua o vienen a robar, aunque ahora hay carabineros”, comenta Haydeé.
También impresiona el recuerdo de los que murieron ese fatídico 27 de febrero, todos conocidos en este antiguo barrio chorero. “A un vecino mío lo encontramos cerquita de mi casa, yo no le tengo miedo al vecino (su fantasma), pero me da inquietud” reconoce Haydeé pensativamente mientras su cara transparenta la memoria de esa madrugada que trastocó la vida de toda la ciudad-puerto en cosa de minutos.
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viernes, 23 de abril de 2010
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