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viernes, 26 de junio de 2009

Un paseo por la mina de Baldomero

La misma ansiedad que el chico de “La compuerta número 12”, Pablo, sintió al bajar por primera vez a la mina, llena la jaula en la que descienden quienes visitan el Chiflón del Diablo. Claro que en vez de aferrarse a las piernas de su padre los turistas cubren el susto con bromas y cuchicheos. Apretados en un pequeño espacio se identifica inmediatamente a los santiaguinos que comparan la jaula que baja a gran velocidad con el Transantiago. “Aquí se está más cómodo”, aseguran.
El Chiflón del Diablo, antes conocido como Chiflón Carlos, yace bajo sus pies al salir del ascensor, pero no son los cansados mineros los que transitan día a día por él, son los turistas que, llegados de todas partes del país e, incluso, del mundo, recorren las galerías en grupos de 40 personas en esta época del año, totalizando 400 visitas diarias.
Así lo asegura el administrador del Chiflón, Patricio Vallejos, quien sostiene que este año ha aumentado considerablemente la afluencia de público, gracias a la situación económica.
“Por la crisis la gente prefirió no salir de vacaciones fuera del país y optaron por recorrer Chile, así es que nos fue mejor este año”, asegura, anticipando que en 2009 se entregará una nueva galería de 300 metros que fue recuperada a pala y picota. “Ya no tenemos la tecnología que había antes del cierre de la mina, así es que hubo que hacerla a la antigua, avanzando poco a poco”.
Ese trabajo de hormigas se presiente en el interior de las galerías donde no cuesta mucho imaginar al “viejo”, el padre de Pablo, dándole con furor golpes de picota a la pared tras haberse visto obligado a dejar a su retoño de ocho años amarrado a la compuerta número 12 y gritando a todo pulmón para que lo liberara de ese destino.
“Aquí llegaba el papá con cuatro, cinco, seis hijos a trabajar, y eso era obligación porque si el papá o la mamá se negasen a que los niños trabajaran la empresa les caducaba el contrato y ellos tenían que devolver la casa”, cuenta el guía José Reyes, más conocido como Piero, quien es una “biblioteca ambulante” de historia minera.
“A los 12 años se les hacía contrato como minero adulto”.
Mientras en la imaginación Pablo empuja con todas sus fuerzas la compuerta y se apega a la pared para no ser aplastado por la corrida, tal como le ocurrió al niño que hacía el mismo trabajo antes que él, en la galería actual Piero relata cómo se movían los carros en aquella época (siglo XIX): “Enterrados están los rieles por los que circulaban los carros con carbón, los que eran tirados por caballos a los que bajaban por las jaulas. La empresa los hacía trabajar un año y después los sacaban y los sacrificaban, porque salían ciegos. Claro que ellos aquí abajo tenían sus respectivas pesebreras y había personal que los cuidaba, los limpiaba y les daba qué comer. ¿Qué tipo de caballos eran? Era el famoso caballito chilote que es un poquito más grande que el pony pero más “fortacho”. Como un vehículo cuatro por cuatro”.
En la versión de Baldomero los caballos trabajan diez años en el interior de la mina y salen cuando ya están muy viejos o malheridos y no pueden cumplir sus labores. Es el caso de Diamante, el alazán que emerge desde las profundidades, quebrantado y enceguecido por la luz del sol que no ha visto en una década. Aún camina levantando las patas para esquivar los travesaños de las vías y es dejado a su destino en un yermo cercano donde lo atormentan los tábanos y se congregan los buitres a la espera del cercano fin de su vida.
En “Los inválidos” Lillo hace un símil entre el caballo y los viejos mineros que, ya muy débiles para trabajar en las profundidades son destinados a faenas menos importantes en la superficie hasta que la vejez los venza y sean expulsados, inservibles, de la empresa. A fines del siglo XX la mina no hacía esas cosas, pero el costo para los trabajadores seguía siendo alto.
“Las enfermedades más crueles del minero son dos, la artrosis, que es a las rodillas, y la silicosis, que es el polvo de la tosca que se pega en los pulmones. Aquí en este pueblo de Lota y Coronel todavía muere gente de esa enfermedad. Mi padre se fue el 26 de abril de 2004, de silicosis”, murmura el guía en una pausa del recorrido durante la cual los visitantes se toman fotos con una barrenadora.
La pesada máquina muestra lo arduo que era el trabajo en la mina hasta su cierre en 1997. A su lado una pequeña jaula vacía trae el recuerdo de otro elemento insoslayable de la faena, el gas grisú. “Imaginen que aquí había una galería donde había que entrar a trabajar con niños. ¿Cómo saber si había gas?, porque el gas es inodoro, no se puede oler. A la entrada de la galería la empresa colocaba una jaulita con un canario. Si el canario moría significaba que había gas y no se podía entrar a trabajar. Cuando no había canarios la empresa colocaba un loro y si veías que el loro se iba de espaldas no había que entrar a trabajar. Había que avisar más allá que abrieran una compuerta y al personal de superficie para que acelerara la turbina del extractor y sacara el aire viciado. De ahí nace el dicho “se fue de espaldas el loro”. Lota siglo XIX”, afirma el guía.
Y sigue con las frases típicas de Lota que se han convertido en nacionales: “Aquí también nace la famosa “carbonada”. El minero siempre fue mal remunerado, no se podía dar el lujo de comer sus buenas cazuelas o sus buenos asados. Todo poquitito, todo minimizado, por eso la carbonada, del carbón. Otro, “el conchito” es la guagua. Después que los mineros salían de su trabajo prácticamente era una obligación que se tomasen un harinado. Harina tostada, azúcar y vino tinto. Siempre quedaba un conchito y cuando el niño era varón se lo daban a él para que creciera fortacho y el día de mañana bajara con su padre a trabajar. El último “el patas negras”: es el amante, el segundo o el otro. Cuando el dueño de casa (minero) tenía dudas de su señora al llegar a la casa lo primero que hacía era verificar el piso, después se iba a las sábanas y si veía partículas de carbón significaba que el caballero (también minero) ya había andado goloseando. Claro que existe en todas partes y recibe distintos nombres en otros países”, comenta Piero desatando la hilaridad general.
Un nombre que es típicamente lotino, según destaca el guía, es “chollonca”, apelativo que se da a los habitantes de esa comuna. “porque trabajábamos “achulluncaditos” (agachados o en cuclillas) dentro de la mina”.

El ciego
“Juan Fariña fue un niño ciego que trabajó acá en el siglo XIX, Baldomero Lillo lo invocó en su libro y hace diez años se hizo una película sobre él. (Sub Terra)”, destaca Piero llamando a los visitantes a apagar sus lámparas y hacer silencio para tratar de escuchar el ruido del mar, el mismo oleaje que el personaje de la leyenda que inmortalizó Baldomero Lillo podía oír en la galería cercana a la superficie (el fondo del mar) que hizo estallar para inundar toda la mina como parte de su venganza o su pacto con el diablo, y que recorrió por años, apoyada en la superstición, los recovecos de la explotación.
Es que supersticiones no les faltaban a los mineros. La más conocida es aquella que prohibía la entrada de mujeres a la faena. “El minero siempre fue machista –explica Piero. Decían que si bajaba una mujer la mina se colocaba celosa. Acarreaba mala suerte, acarreaba desgracia. Hoy día todo ha cambiando, estamos en el siglo XXI, aquí abajo una mina con otra mina se saludan y se hacen amigas”, bromea.
El recorrido, no exento de cabezazos (todos andan con casco) en los bajos techos de la galería, va llegando a su fin. Tras avanzar un trecho casi de rodillas los turistas reciben un aire fresco y vivificante que viene desde las alturas.
“Esta es la única mina con ventilación natural del mundo que hace un recorrido de turismo aventura y que va bajo el mar”, destacan tanto el guía como el administrador, éste último explica que gracias a la conformación de la galería, que baja oblicuamente, entra aire desde la superficie y recorre toda el área. “Cuando el viento pasaba por las “revueltas” (ductos de ventilación para extraer el aire viciado) chiflaba, por eso el nombre de Chiflón del Diablo”.
Cuando termina el recorrido los visitantes suben lentamente la larga escalera que lleva a la boca de la mina, por donde entraban y salían los obreros. La misma abertura por la que pasó por última vez el “Cabeza de cobre” con sus compañeros para trabajar durante una única jornada en el temido Chiflón del Diablo, obligados por la amenaza de despidos. Ese día la mina hizo honor a su nombre y se tragó tres vidas en un derrumbe más la de la madre del colorín -que se suicidó por la desesperación- según registra el famoso cuento de Baldomero Lillo.



El cronista
“Aquí está toda la antología de un gran escritor nacido y criado en Lota, Baldomero Lillo Figueroa –relata Piero abarcando con un amplio ademán las profundidades del chiflón- Nace el 6 de enero de 1867, muere el 10 de septiembre de 1923 en San Bernardo. Su padre fue José Lillo; su madre, Mercedes Figueroa, tuvo tres hijos Baldomero, Emilio y Samuel.
Baldomero se casa en 1897 con Natividad Miller, tuvieron cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres. En 1898 su hermano Samuel se lo lleva a Santiago y le consigue trabajo en la Universidad de Chile, un puesto administrativo. En 1903 gana el primer concurso nacional de cuento organizado por la iglesia católica con su obra “Juan Fariña”. En 1912 queda viudo. En 1917 se somete a retiro, en 1920 le detectan tuberculosis crónica y el 10 de septiembre de 1923 fallece. Sus restos yacían en el cementerio de San Bernardo y, ahora, desde el 5 de abril de 2002 sus restos yacen en su tierra natal, Lota.
Ese hombre fue el precursor del cuento social, fue un profesor primario, un gran escritor que en Lota trabajó en una pulpería que se llamaba La Quincena. ¿Porqué escribió Sub Terra si nunca fue minero?, porque los niños que trabajaban acá de vez en cuando iban a la escuela y le conversaban a su profesor las peripecias que ellos pasaban acá abajo. Juntando todos los relatos de los niños escribió Sub Terra”.


Dos guías
En el Chiflón del Diablo trabajan 20 personas. Todos ellos ex mineros del carbón. La mayoría ejercen como guías de los 10 recorridos que se hacen diariamente por la mina.
José Reyes (Piero) cuenta que “trabajé 22 años (en Enacar), siempre arriba, en la superficie, pero estoy representando a un gran hombre que fue mi padre. Nosotros somos de Curanilahue, nacidos y criados. Mi padre trabajó en las minas de Plegarias que dejaron de producir en 1949. En 1951 él emigra a Lota y aquí estamos, de chollonca”.
Roberto Rojas relata que “en la otra mina, la grande, trabajé casi 18 años. Ahí había cuatro piques juntos. Entré a trabajar por ahí por enero de 1980 hasta el 16 de abril de 1997, hasta que cerró la mina del carbón”.

¿Qué labores desempeñó?
Era laborista, por lo general en la mina del carbón nosotros hacíamos de todo. Ahí usted entraba a trabajar como polvorero, maquinista, tirador de madera, fortificador, usted hacía de todo, contratista, apir. Trabajaba en interior mina. En los últimos tiempos trabajaba en el sector de la mina que se llamaba Laraquete, otros eran Nivel, Esperanza y Victoria.
Laraquete era lo más profundo que teníamos, 14, 17 kilómetros con dirección al golfo de Arauco, siempre debajo del mar.

¿De familia minera?
Soy de familia minera, mis hermanos también trabajaron en la mina pero menos que yo, algunos se retiraron el 92.
Yo me siento orgulloso de estar acá porque al hacer turismo yo estoy representando a toda la gente de la zona minera, a nuestras esposas, a mi madre, a hijos de mineros del carbón que día tras día quedaban en los hogares con la incertidumbre de ¿volverá mi padre, volverá mi esposo?. Entonces yo me siento orgulloso de representar a mis compañeros y que gente de todo Chile y el mundo venga a conocer y se dé cuenta de que la vida minera no era nada fácil.

¿De dónde vienen los turistas extranjeros?
Vienen de todo el mundo, Francia, Alemania, Inglaterra, El Congo, Senegal, Israel, Argentina. Es que esto es único en el mundo.

¿Le tocó ver muchos accidentes en la mina?
Muchos accidentes, sí, pero es algo que no converso porque son malos recuerdos, porque perdimos compañeros en la mina.


Datos
La mina el Chiflón del Diablo comenzó a ser explotada en 1852 en forma artesanal y en 1884 se industrializó para parar en 1976. Luego del cierre de la extracción en 1997 fue remozada para convertirla en un circuito turístico, el que comenzó a funcionar el 17 de diciembre de 1998.
Patricio Vallejos señala que la visitan alrededor de cien mil personas al año y que en esta década ha recibido a un millón de turistas. Ellos descienden 40 metros en forma vertical para quedar a 20 metros bajo el nivel del mar. Hacen un recorrido de 650 metros a los que se sumarán 300 más a mediados de este año gracias a una nueva galería rehabilitada para ese fin, la que fue explotada cien años atrás. Cabe destacar que la distancia que recorren los turistas es menos del 10 por ciento de lo que era la mina cuando estaba en producción.

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